miércoles, 8 de agosto de 2018

Los peregrinos que prefirieron A Coruña



HdC. No hay duda ninguna: A Coruña era en la Edad Media la meta inicial para docenas de miles de europeos del norte. Así consta en numerosa documentación. Aquel viejo puerto romano de O Parrote, que volvió a coger importancia después de que en 1208 se crease por decisión real la ciudad, vio cómo los barcos se aproximaban de nuevo a él. Y poco a poco comenzaron a llegar peregrinos, extranjeros que descendían tan mareados como atraídos por la figura del Apóstol Santiago, cuyos huesos querían venerar para pedirle o agradecerle algo. Y así aquel pequeño burgo organizado inicialmente en lo que hoy es la Cidade Vella contempló cómo gentes de extraños hablares y curiosas vestimentas vagaban por él, se sentaban en los espacios libres o simplemente acudían a la iglesia de Santiago a dar gracias por poder pisar tierra firme sanos y salvos después de una travesía que en el mejor de los casos resultaba incómoda.

En algún lugar del muelle de O Parrote desembarcó a principios de julio del año 1417 Margery Kempe, la única peregrina inglesa del siglo XV de que se haya tenido noticia, aunque sin duda alguna más hubo. En este caso la mujer dictó sus memorias a un sacerdote y han llegado al siglo XXI en forma de libro. Por cierto que como aceptar a una mujer a bordo traía mala suerte, Margery Kempe tardó en encontrar quien la quisiera traer, y eso que contaba con la ayuda del obispo de Bristol. Al final, la tripulación del barco la advirtió, antes de que pusiera un pie en cubierta, de que como atrajera una tormenta la tirarían por la borda. Y problema resuelto.

En la centuria siguiente se dejó caer por A Coruña un físico y escritor escéptico inglés llamado Andrew Boorde: según él, un doctor en teología que lo había confesado en la catedral compostelana le había asegurado que los huesos del Apóstol se los había llevado a Francia nada menos que el mismísimo Carlomagno. Aun así, el físico repitió peregrinación. De la segunda –llegó a A Coruña intentando desanimar a un grupo de jóvenes que sí querían llegar a Santiago– dejó escrito que ir por mar desde su país
“no cuesta trabajo, pero por tierra es el viaje más penoso que puede hacer un inglés”.

Ni una ni, claro está, el otro fueron los primeros identificados entre los que pusieron un pie a tierra en O Parrote. Entre los anteriores figura nada menos que un islandés de impronunciable nombre, el médico Hrafn Sveinbjarnarson, que en torno a 1213 se embarcó hacia Noruega –algo normal para los residentes en aquella isla; y en Noruega pasó el duro invierno– y de allí, siempre en barco, arribó a Inglaterra y Francia para saltar a A Coruña. Eso sí, sufrió “tormentas terribles por algún tiempo”. Un tipo curioso ese Hrafn Sveinbjarnarson: el investigador Manuel F. Rodríguez asegura que acabó de formarse en Italia, que era muy piadoso y que no cobraba a quien no tenía dinero. Un detalle final: ni su devoción ni su generosidad lo salvaron de morir decapitado en Islandia, un cruel final.

Tres peregrinos con nombre. Pero hay miles de los que no ha quedado registrado el suyo. Uno de esos miles, sin duda un hombre culto porque sabía escribir en pleno siglo XV, dejó un texto para la posteridad titulado The Pilgrims Sea Voyage and Sea-sickness, o sea, (los peregrinos por mar y el mareo). “Los que parten para Santiago (se sobrentiende que vía A Coruña) renuncian a todos los placeres. Muchos enferman al hacerse a la mar. Cuando salen de Sandwich, Winchelsea o Bristol o desde cualquier otra parte, sus corazones empiezan a desfallecer”. Y termina: “Preferiría estar en el bosque sin carne ni bebida”.

Ilustración: Daniel Pino

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