lunes, 30 de enero de 2017

Juan de Ortega, el gran constructor del Camino


O.G.A. En una apacible llanura al norte de la ciudad de Burgos nació Juan de Quintanaortuño en el pueblo del mismo nombre. Corría el año 1080 y poco imaginaban los habitantes de aquellas tierras que el pequeño noble habría de dar a esos parajes una posición destacada en la historia y en la tradición jacobea.

Entregado desde muy joven al sacerdocio, el después conocido como Juan de Ortega se convirtió en fiel discípulo de Santo Domingo de la Calzada y, como él, consagró su vida a hacer del Camino de Santiago una ruta accesible y segura para los peregrinos. Colaboró con su mentor en la apertura de viales y la construcción de puentes y, a la muerte de su maestro, preservó y completó su obra. Fruto de esa dedicación fueron la terminación de la calzada entre Nájera y Burgos y la construcción, entre otros, de los puentes primitivos de Logroño, Nájera, Belorado, Santo Domingo de la Calzada, Cubo de Bureba y Agés. Obras del siglo XII por las que este constructor del Camino es, desde 1971, patrón de los aparejadores y arquitectos técnicos.

Hacia 1112, Juan de Ortega emprendió su propia peregrinación a Tierra Santa, donde se hizo con valiosas reliquias. Sin embargo, tan fructífera etapa en la consolidación de su fe a punto estuvo de suponer el final de su vida y de su obra. Una terrible tempestad sacudió el barco en el que realizaba la travesía de regreso con tal furor que parecía imposible vencerla. Pero Juan logró sobrevivir tras invocar la protección de San Nicolás de Bari, a quien, en agradecimiento, prometió erigir una capilla en su honor.

A su regreso, en 1114, decidió retirarse en los Montes de Oca y eligió concretamente un lugar llamado Ortega, un rincón inhóspito enclavado en el Camino de Santiago donde eran frecuentes los asaltos de bandoleros a los peregrinos. Allí edificó la capilla de San Nicolás, superando los continuos ataques de los bandidos, que derribaban, una y otra vez, lo que se iba construyendo. Pero el empeño era decidido y, bajo la protección de doña Urraca y de Alfonso VII, Juan no solo logró concluir la capilla sino que, ante el auge que alcanzaban las peregrinaciones, construyó también un albergue para peregrinos. Ortega pasó de lugar peligroso a refugio seguro.

El eco logrado por la obra de Juan de Ortega atrajo a personas dispuestas a colaborar en su labor hospitalaria, creándose una creciente comunidad que había que organizar. Se inició así la construcción del Monasterio de San Nicolás, que a principios del siglo XIII pasó a llamarse Monasterio de San Juan de Ortega.

Allí murió su santo fundador el 2 de junio de 1163, después de que, cumpliendo su petición, fuera trasladado al monasterio al caer gravemente enfermo encontrándose en Nájera. Y allí está enterrado en un artístico sepulcro que fue mandado labrar por Isabel la Católica como agradecimiento por haber tenido un hijo varón, favor que la reina atribuyó a la intercesión del santo constructor de puentes.

Hoy San Juan de Ortega es uno de los puntos más destacados de la Ruta Jacobea y en su iglesia puede contemplarse, en los dos equinoccios, el llamado Milagro de la Luz, un fenómeno que se produce al iluminar un rayo de sol desde un ventanal el capitel de la Anunciación de la Virgen y que atrae en esas fechas a cientos de visitantes.


Ilustración: Daniel Pino

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