miércoles, 16 de septiembre de 2015

El Mercado de Abastos de Santiago y el Palacio de Altamira






 Elena Goyanes. Se dice que el Mercado de Abastosde Santiago es el segundo lugar más visitado de la ciudad tras la Catedral, aunque seguramente podríamos asegurar lo mismo de la Rúa do Vilar, o de la estatua de Las Marías. Pero sí es destino ineludible para muchos forasteros que callejean por el casco antiguo, que la buscan animados por blogs y guías turísticas para comprobar si, efectivamente, es uno de los pocos mercados de ciudad que siguen siendo mercados a la vieja usanza, es decir, repletos de productos frescos, de praceiras y de gente de barrio que acude diariamente a regatear su compra.


Los turistas pasean con sus cámaras preguntando por pescados para ellos desconocidos. En los foros de peregrinos hace ya tiempo que se ha corrido la voz y los recién llegados acuden allí a comprar sus recuerdos gastronómicos. Incluso a los congresistas se les indica el Mercado como visita obligada. Todos disfrutan sorprendidos por la gran variedad de productos frescos que se exponen y el ambiente rural que se respira.


Observando su estructura y, sobre todo, las construcciones del entorno, el edificio actual del mercado parece mucho más antiguo de lo que es. En realidad fue inaugurado en 1941 después de tres años de obras y en sustitución de uno anterior del s.XIX, en concepto muy parecido al actual. La construcción de aquel mercado fue una de las intervenciones urbanísticas más importantes de la Compostela del último cuarto del s.XIX, ya que supuso la remodelación de toda la zona y la centralización por primera vez de los mercados en la ciudad. 

Pero si el mercado viejo está grabado en la memoria histórica de los compostelanos, no sucede lo mismo con el palacio bajomedieval que se derribó para construirlo. Si los nobles de la casa de Altamira levantasen hoy la cabeza seguramente no reaccionarían demasiado bien, al ver que su residencia compostelana ha acabado por desaparecer en un entorno urbano bien desconocido para ellos. Porque allí estaba el palacio de los Condes de Altamira, del que solo quedan vagos recuerdos como la denominación de una de las calles del entorno, la Rúa de Altamira; o también de la Rúa das Trompas, por la que salían con estruendo los nobles de Altamira a sus cacerías por los alrededores, haciendo sonar fuertemente las trompas.


El palacio ocupaba unos cinco mil metros cuadrados. Se conservan dos descripciones del conjunto y algunos planos, realizados por dos arquitectos que en distintos momentos de la historia realizaron estudios de la casona, sus huertas y sus muros. En el primer caso, en 1776, se analizó por encargo de los herederos, que ya habían abandonado sus posesiones en la ciudad, para evaluar su restauración. No se llegó a rehabilitar, posiblemente porque sus paredes, de sillería, mampostería y barro, estaban ya muy deterioradas. Un siglo después, en 1860, se vuelve a describir para ser tasado y comprado por el Concejo para su derribo y posterior construcción en el solar del nuevo mercado de la ciudad.

Tras muchas idas y venidas por el precio, la compra que supuso su desaparición se cierra en 1870. El esquema que reproducimos nos da idea de su gran envergadura, la que correspondía a una de las familias más poderosas de la ciudad durante la Edad Media. Su frente se alineaba con la Iglesia de San Fiz y los muros traseros daban al Picho da Cerca, donde bajo unos cobertizos ya se celebraba un pequeño mercado. 

Fotografía: Adolfo Enriquez
Ilustración: Julia Jiménez, sobre original del s.XIX








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