martes, 21 de junio de 2011

Sobrado dos Monxes, “slow tourism”

Reportaje extraído de la revista Pazos de Galicia nº12. Autor Cristóbal Ramírez.

Un trozo del Camino Norte a Santiago de obligado conocimiento, como quien dice: de Sobrado dos Monxes a la iglesia de Carelle, en la provincia de A Coruña. Todos los lugares del planeta son irrepetibles, verdad de perogrullo, pero encontrar uno que se asemeje a este aunque sea de lejos resulta sencillamente imposible. Y el tiempo para recorrer esa ruta de peregrinación es ahora, en esta época y en un año que no es jacobeo y permite el andar pausado.

Quique sigue sonriendo. Como siempre desde que hace ya tres décadas más o menos plantó sus reales en el monasterio de Sobrado dos Monxes, en pleno Camino del Norte aunque entonces las rutas de peregrinación pertenecían más a la historia que al futuro. Quique, con hábitos o sin ellos, es pintor de cuadros. Y trabaja, claro, porque el ora et labora sigue presente en la comunidad cisterciense. Otros miembros de su orden se dedican a atender a los peregrinos que ya están llegando en número elevado en este mes y que buscan alojamiento tras una etapa dura desde las tierras de Lugo. Un revivir que otros muchos monasterios gallegos envidian, y al cual por cierto colaboró mi padre suministrando material (obviamente de manera altruista). Un lugar al que vuelvo una y otro vez y jamás me canso.
A Quique hoy le toca cocina y me atiende tan sólo en unos minutos… sin perder la sonrisa. Es lo que hay. Mal momento para hablar, excelente para pasear por un monasterio al que la llamada Desamortización de Mendizábal dejó en ruinas. Corría el siglo XIX y el Estado, que necesitaba dinero, puso en subasta pública los expropiados bienes de la Iglesia católica, la única autorizada. Eso significó el abandono de los cenobios, el expolio de sus bibliotecas, el saqueo de las cocinas y casi el olvido de todo ello. El de Sobrado, en pleno Camino Norte, aún vivió -seguro que contra su voluntad- un episodio posterior tan curioso como penoso: las partidas carlistas que campeaban a sus anchas por la cercana sierra de O Bocelo hostigaron a las tropas realistas cuando corría el año del Señor de 1839, y a los bravos soldados no les ocurrió otra cosa que refugiarse entre las paredes del monasterio porque el miedo es libre y la vida, única. Tres días duró el asedio en el cual los carlistas incluso hicieron uso de un cañoncito que dejó su huella en el granito monacal. Tampoco se sabe por qué regresaron a sus montañas, pero así se escribe la historia.
El caso es que desde mediados del siglo pasado Sobrado comenzó a recuperar vida, ilusión y ese futuro que parecía que se le había escurrido entre sus graníticas y simbólicas manos. Nunca llegaría ni es probable que llegue a aquel nivel de poderío y grandeza de los años medievales en los cuales daba limosna cada día a nada menos que 600 personas. También ha archivado en el baúl de los recuerdos el hecho de que uno de los claustros fuese volado con dinamita para trasladar sin problemas sus magníficos sillares y levantar viviendas y, al parecer, mejorar las vías de comunicación. Pero ahí está, lugar de acogida de peregrinos a los que no se les pregunta por su fe o sus motivaciones para hacer el Camino, sino que simplemente se les recibe con los brazos abiertos y la austeridad monástica. Eso sí, el condumio –variedad del menú corta, plato bien lleno, precio irrisorio- no la olvida nadie porque está para chuparse los dedos, que es lo que literalmente hacen muchos comensales con la insuperable costilla de cerdo que sigue a un caldo excepcional.
No es que el primer kilómetro que se salva una vez repuestas las fuerzas sea en sí interesante en lo que se refiere al firme: una larga acera tras dar un par de vueltas por unas viviendas que ni bonitas son. Pero la imagen de la fachada del templo cenobial y los grandes muros ordenan la detención y obligan a recurrir a la foto. No tengo duda alguna de que se trata de la fachada más fotografiada de Galicia después de la del Obradoiro compostelana. Y por cierto, en el interior de esa gran y vacía iglesia de Sobrado –los actos religiosos se llevan a cabo en un templo más pequeño o bien en una capilla interior- se guarda una enorme y ahora polvorienta maqueta de la catedral a la que sería buena cosa que la Administración le encontrase un sitio mejor si se desea salvar: la humedad nunca perdona.
Pero siguiendo el Camino y dejando a la izquierda la alomada y ya mencionada sierra de O Bocelo, tierra de mámoas y dólmenes, enterramientos megalíticos en suma, el viajero por el espacio va a sumergirse en el viaje por el tiempo. Ha llegado a un área recreativa organizada en torno a un pequeño y muy vistoso río. Realmente se llevan un par de kilómetros en las piernas, así que las fuerzas aún no fallan. Hay quien descansa ahí, hay quien no, hay quien se limita a añadir otra foto a la colección antes de cruzar el puente, entrar en una pista asfaltada que tiene su fin algo más adelante en un mojón que anuncia que toca caminar por tierra.
Y ese es el tramo más agradecido. Pista ancha, paisaje humanizado por los cultivos, ausencia de ruidos, arboleda que facilita la sombra en el estío… Bajada inicial y prolongada subida después sin gran pendiente, de esas catalogadas como “para toda la familia”; o sea, dificultad ninguna, entorno agradable y relajante. Así hasta dar con la carretera, que no queda otro remedio que seguir unos pocos cientos de metros para luego cruzarla y adentrarse en un camino que más bien parece un túnel vegetal. Una maravilla cortita, ni un centenar de metros, pero un pasillo sin igual para desembocar en la iglesia de Carelle, su crucero y su amplio atrio, lugar de tradiciones, de mujeres ofrecidas que cumpliendo su promesa dan vueltas al templo de rodillas.
Llegados ahí, el reloj manda. Va a surgir la tentación de continuar por un bosque, caminar tranquilo, sube y baja de pendientes irrisorias. Elección personal, claro está, porque quizás sea el momento de dar marcha atrás y desandar el camino de regreso a Sobrado. Porque los peregrinos iban a Compostela, pero suele olvidarse que volvían después a sus casas y el tráfico era en los dos sentidos. Y seguro que en aquellos tiempos medievales cuando ganaba de regreso el monasterio algún monje los estaría esperando con la sonrisa en la boca. Como Quique.

Una laguna con ranas y leyenda
No quiso la naturaleza que en la parte de atrás de Sobrado dos Monxes hubiera laguna alguna: lo quisieron los religiosos en el siglo XVII. Señores de cómo quien dice inabarcables extensiones de tierra con posesiones (por ejemplo, en el lejano Pontedeume y en la costa norte de Ferrol), les sobraba mano de obra. Y decidieron reunir los arroyos que bajan de la sierra de O Bocelo y aledaños y disponer de agua en abundancia porque había que garantizar los pastos para los cientos de cabezas de ganado. Y también como criadero natural de truchas, algo muy apreciado desde siempre por los monjes. De hecho, en lo que fue cocina antigua había una tapa en el suelo que levantándola se veía uno de los desagües de la laguna por allá abajo. Los monjes lo tenían fácil: echaban el sedal y esperaban a que picasen.
Esta laguna sigue existiendo en el siglo XXI, con un paseo de madera que no la rodea por completo, pero que permite estirar las piernas y de paso intentar descubrir alguna “rá de San Antón”, aquí muy abundantes. Lo que sí verá son patos, alguna que otra garza de las muchas que en estos últimos años pueblan Galicia y, con suerte, incluso un cormorán.
La tradición dice que el desagüe es el comienzo justo del río Tambre, uno de los mayores de Galicia y que muere en la ría de Muros y Noia, bajo el gótico Pontenafonso. La verdad científica no es exactamente así, y el Tambre se forma por la confluencia de varios arroyuelos (“regos” y “regatos”, en idioma gallego) entre ellos esa salida de la laguna, pero, ¿quién piensa en la ciencia cuando la leyenda da un pátina de encanto a la geografía?
Por cierto, queda por indicar dónde está. Muy fácil: cójase en la salida norteña de Sobrado la carretera señalizada Friol, y en menos de cinco minutos en coche la laguna está pegada al asfalto, a la mano izquierda. ¡Y hay sitio para aparcar!
 

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