martes, 13 de julio de 2010

Las piedras hablan


EG. Posiblemente no exista otra ciudad en Occidente en la que sea tan sencillo unir los mitos cristianos con los paganos, la rigurosidad de la ciencia con las fuerzas magnéticas y telúricas de la Tierra, la historia con la leyenda. La visita a Compostela se convierte en un rápido acto cultural si no se bucea tras sus paredes, si no se entra en los límites entre lo real y palpable con lo espiritual e imaginario. Sólo así se puede llegar a comprender al joven peregrino que a pesar de declararse agnóstico llora sin recato en la Plaza del Obradoiro, tras lograr cerrar su propio círculo y culminar un largo Camino iniciático hacia el poniente.

La ciudad de Santiago se extiende con el claro referente de su magnífica Catedral, ubicada en un lugar seleccionado por el mágico cruce de las líneas del campo magnético terrestre y las corrientes subterráneas de agua, muy a semejanza de Chartres, otra de las grandes obras europeas de la cristiandad.

Bajo sus piedras muchos creen que reposan las respuestas a las más ancestrales preguntas sobre la existencia y el futuro del hombre, porque antes de ser cristianizado el lugar ya había sido de culto para otros de los grandes misterios de la historia, los druídas celtas, que respondían a su vez a un Camino muy anterior, al de la Vía Lácea, el Camino iniciático en busca de la muerte, la que simboliza el sol poniente.

Al franquear el Pórtico de la Gloria el visitante consciente no entra en un parque temático más. Penetra en un mundo diferente y superior, donde está escrito, afirman, la gran historia espiritual de la Humanidad, el paso desde la inconsciencia individual al gran reconocimiento de uno mismo, a la comprensión última del Universo.

La Catedral de Santiago es una especie de amplificador de las energías allí recogidas y selladas, que nos invita a circular –lo de sentarse nunca estuvo en las previsiones de sus constructores- caminando hacia el frente pero girando siempre la vista atrás, para no perdernos aquel mensaje oculto en el que puede estar fácilmente la clave de la interpretación. Así lo hacían los hombres del medioevo, que sí sabían buscar e interpretar todos los símbolos y signos de las catedrales, que sí se paraban a escuchar su voz interior y a encontrar sus rincones más oscuros para así poder regenerarse.

Su orientación en coincidencia con el eje de la tierra, con una ligera desviación hacia el norte y hacia la izquierda, como ya sucedía en muchos de los dólmenes megalíticos; la disposición de todos sus elementos y la lectura según la hora del día y la luz; los muchos símbolos sobre las piedras. Nada en ella está dispuesto al azar. Muy al contrario, todo responde al gran saber de las logias constructoras medievales, los sabios poseedores del arte de construir catedrales y depositarios del secreto, en unos tiempos en los que aún no existía la cinta métrica, sólo la escuadra y el compás.

Son los gremios de los que después habría de nacer la Masonería, asumiendo sus fórmulas, símbolos y ritos de iniciación, aprovechando el declive del poder que llegaron a ostentar los arquitectos, canteros y albañiles como salvaguardas exclusivos de algunos de los grandes saberes del hombre y de la naturaleza, el que conecta la piedra con el Universo y con Dios.


Ellos trabajan en fraternidades durante años, los larguísimos años que dura la construcción de una Catedral, transmitiéndose el saber de unos a otros y jamás a los ajenos a la profesión. Nunca se van en silencio, porque en la ceremonia de iniciación se les asigna ya un símbolo con el que deberán firmar sus obras, con el que después se reconocerán los unos a los otros. Son los símbolos que jalonan las paredes de la Catedral, y también las paredes de las iglesias, abadías y monasterios del Camino a Santiago, que sólo hay que saber buscar.

Los iniciados la recorren realmente sobrecogidos por el espacio y el olor de su historia, emocionados al sentirse dentro de un eje que lo domina todo, final aunque no único de su Camino. Penetran al caminar en un espacio mágico que protege la ciudad, con un magnífico campanario que espanta los demonios y los duendes del mal. Entran en ella preparados para sentir lo más hondo de las fuerzas de la naturaleza, la comprensión del bien y del mal.

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